Esta semana pasada hemos estado trabajando la formación de sintagmas y he propuesto a mis alumnos una redacción sobre cómo aprendieron a hablar. Tenían que preguntar a sus padres cuáles fueron las primeras palabras que dijeron, si les costó mucho pronunciarlas, cuándo llegaron los verbos, etc. Siempre que intento implicar a los padres en el trabajo escolar de sus hijos, levanto sin querer ampollas entre los que, por un motivo u otro, no tienen buena relación con ellos. Total, me pidieron una redacción sobre algo que ellos pudieran recordar, y les planteé :
“Podéis cambiarla por La primera vez que ...” y que eligiesen.
La mala fortuna ha hecho que yo decida también redactar “La primera vez que...”. Voy a leerla el lunes a mis alumnos.
La primera vez que me caí en clase fue el jueves pasado. Estaba en el aula 22, con los alumnos de 2º de ESO B. Había sonado ya el timbre de salida. Recuerdo que los retuve dentro de clase porque quería que todos me entregasen una ficha de lectura de un libro que habíamos estado haciendo.
“Que no se marche nadie sin haberme entregado la ficha”, dije al sonar el timbre.
Había gente de pie con las mochilas al hombro, pero la puerta permanecía cerrada. En eso que alguien externo a la clase abrió la puerta. Me levanté, salí de detrás de la mesa, me dirigía hacia la puerta, dispuesta a volverla a cerrar, cuando de repente me vi en el suelo. No sé cómo llegué allí, pero allí estaba. Tenía dolor en las rodillas, y escuchaba, como si viniesen de muy lejos, voces de mis alumnos que me decían: “¡Reina! ¡Reina! ¿Estás bien?”.
De repente me vi rodeada de alumnos que querían ayudarme a levantar. No sé que me pasó en aquel momento, no sé si era el dolor de rodillas y espalda, el susto, la vergüenza, las ganas de llorar que tenía, o todo junto a la vez, pero la cuestión es que no me podía levantar. Allí estaba, en el suelo, en medio de la clase, y no me podía levantar.
Después de unos segundos que a mí me parecieron una eternidad, un alumno repetidor me cogió por debajo de los brazos, y, de un movimiento rápido, me sentó en una silla. Me calmé, recogí mis cosas y salí de la clase dirección a mi departamento.
En el pasillo, parecía haber más gente que nunca, como si todos los alumnos del instituto se hubiesen congregado para ver que había pasado. Sólo deseaba llegar al departamento, encerrarme allí y llorar (de susto, de rabia, de vergüenza, de nervios, de todo y más). Pero por el camino sólo hacía que encontrarme con gente que, de buena voluntad me preguntaba al verme: “¿Qué te ha pasado?” La cuestión es que me pasaba como en aquel soneto de Garcilaso en que Apolo, llorando, hace crecer el tamaño del árbol de laurel. Cuanto más me preguntaban, peor me sentía, y cuanto peor me sentía, más ganas de llorar.
Llegué al departamento, Yolanda y Francisco me consolaron, me fui a tomar una manzanilla y ... el viernes tuve que quedarme en casa reposando, pues el dolor de espalda y de rodillas no me dejaban levantarme.
Total, que una tiene ya una edad para según que cosas. Necesitaba hacer esta redacción como catarsis.