domingo, septiembre 24, 2006

De Guttenberg a Google Books

Inmersos como estamos en mi centro en el proyecto de poner en marcha la nueva biblioteca, le he estado echando un vistazo a Google Libros. Había leído sobre el proyecto este verano en El País, y sobre cómo grandes bibliotecas europeas habían cerrado contratos con Google para digitalizar sus fondos y ofrecerlos por la red. ¿Se imaginan? El sueño de cualquier humanista, recuperar grandes tesoros dormidos en las bibliotecas y ofrecérselos al gran público. Los humanistas del s. XVI hicieron las ediciones críticas, los chicos de Google digitalizan, ¡genial!

En Google Libros se pueden encontrar libros completos, pero también otros de los que sólo tenemos la referencia, pero que no se pueden leer enteros, porque están todavía sujetos a Copyright. ¿Copyright de quién? ¿Del autor? No creo que sean la mayoría de casos. ¿De la editorial? Seguramente.

El sábado 16/09 leí en Babelia dos artículos sobre el tema, uno apocalíptico, resignado el otro; de John Updike, “El final de la autoría” y de Enrique Vila-Matas, “El libro por venir” respectivamente. Ambos hablaban del papel de los libros y del autor en la Red.

Si los entiendo bien, el señor Updike pronostica la “muerte del libro”, Vila-Matas, en el mismo tono, reivindica “la autoría”. Y digo “si los entiendo bien”, porque desde mi modesta postura de estudiante de filología creo intuir que ambos autores pasan por alto al menos tres cosas:

1. Antes de inventarse la imprenta, ya existían libros. En la Antigüedad grecolatina tenían forma de rollo de papiro que envolvía un cilindro de madera; antes, de tablilla de arcilla, como las micénicas. Más tarde, en la Edad Media, se hizo servir el pergamino ...
Afirmar que “los libros tienen lomos” como hace Updike, es dar por sentado que sólo se puede considerar libro a los editados por la imprenta. O sea que la Ilíada, la Eneida, las obras de Sófocles o de Ovidio, ¿no fueron libros hasta que los editaron los humanistas?


2. El “autor” en su individualidad, el genio que reclama su obra como inspirada por la divinidad, es un invento del romanticismo. Antes de esa época el papel del autor es mucho más secundario. Por poner sólo un ejemplo, el “autor” de una comedia del Siglo de Oro no era el que la escribía, sino el que la ponía en escena.

3. El fragmentarismo de las obras, que según Updike es la forma en que éstas se transmitirán por la red, como ya ocurre con la música, no es algo nuevo. Me parece raro que no recuerde el autor de los conejos que muchísimos autores de la Antigüedad nos han llegado así, en fragmenta, citados en obras de autores secundarios medievales. Si no hubiera sido porque ellos los copiaron fragmentariamente, esas obras se hubieran perdido irremisiblemente.


Hablando del teatro del S. de Oro, es curioso que si releemos Fuenteovejuna de Lope de Vega, al principio del segundo acto (vv. 892-930), vemos reflejada la misma polémica entre los partidarios y los detractores de la imprenta (o entre los integrados y apocalípticos, en palabras de Umberto Eco).

Os trascribo el pasaje (los subrayados son míos):


(Salen el licenciado LEONELO y BARRILDO)

LEONELO:          A fe que no ganéis la palmatoria,
porque ya está ocupado el mentidero.
BARRILDO: ¿Cómo os fue en Salamanca?
LEONELO: Es larga historia.
BARRILDO: Un Bártulo seréis.
LEONELO: Ni aun un barbero.
Es, como digo, cosa muy notoria
en esta facultad lo que os refiero.
BARRILDO: Sin duda que venís buen estudiante.
LEONELO: Saber he procurado lo importante.
BARRILDO: Después que vemos tanto libro impreso,
no hay nadie que de sabio no presuma.
LEONELO: Antes que ignoran más siento por eso,
por no se reducir a breve suma;
porque la confusión, con el exceso,
los intentos resuelve en vana espuma;
y aquel que de leer tiene más uso,
de ver letreros sólo está confuso.
No niego yo que de imprimir el arte
mil ingenios sacó de entre la jerga,
y que parece que en sagrada parte
sus obras guarda y contra el tiempo alberga;
éste las distribuye y las reparte.
Débese esta invención a Gutemberga,
un famoso tudesco de Maguncia,
en quien la fama su valor renuncia.
Mas muchos que opinión tuvieron grave
por imprimir sus obras la perdieron;
tras esto, con el nombre del que sabe
muchos sus ignorancias imprimieron.
Otros, en quien la baja envidia cabe,
sus locos desatinos escribieron,
y con nombre de aquél que aborrecían
impresos por el mundo los envían.
BARRILDO: No soy de esa opinión.
LEONELO: El ignorante
es justo que se vengue del letrado.
BARRILDO: Leonelo, la impresión es importante.
LEONELO: Sin ella muchos siglos se han pasado,
y no vemos que en éste se levante
un Jerónimo santo, un Agustino.
BARRILDO: Dejadlo y asentaos, que estáis mohíno.

El tema es complicado, no obstante entre apocalípticos e integrados ...
me apunto a los integrados (por lo que pueda pasar).

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Sobre mí

María J. Reina. Docente de lengua y literatura castellana. Máster en Pedagogía Sistémica. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de aprender. Debe ser una enfermedad incurable. En el camino, cada vez encuentro mejores personas. Como tú, que estás leyendo esto ahora mismo. Gracias.