sábado, febrero 10, 2007

La primera vez que ...

Esta semana pasada hemos estado trabajando la formación de sintagmas y he propuesto a mis alumnos una redacción sobre cómo aprendieron a hablar. Tenían que preguntar a sus padres cuáles fueron las primeras palabras que dijeron, si les costó mucho pronunciarlas, cuándo llegaron los verbos, etc. Siempre que intento implicar a los padres en el trabajo escolar de sus hijos, levanto sin querer ampollas entre los que, por un motivo u otro, no tienen buena relación con ellos. Total, me pidieron una redacción sobre algo que ellos pudieran recordar, y les planteé :

“Podéis cambiarla por La primera vez que ...” y que eligiesen.


La mala fortuna ha hecho que yo decida también redactar “La primera vez que...”. Voy a leerla el lunes a mis alumnos.


La primera vez que me caí en clase fue el jueves pasado. Estaba en el aula 22, con los alumnos de 2º de ESO B. Había sonado ya el timbre de salida. Recuerdo que los retuve dentro de clase porque quería que todos me entregasen una ficha de lectura de un libro que habíamos estado haciendo.

“Que no se marche nadie sin haberme entregado la ficha”, dije al sonar el timbre.

Había gente de pie con las mochilas al hombro, pero la puerta permanecía cerrada. En eso que alguien externo a la clase abrió la puerta. Me levanté, salí de detrás de la mesa, me dirigía hacia la puerta, dispuesta a volverla a cerrar, cuando de repente me vi en el suelo. No sé cómo llegué allí, pero allí estaba. Tenía dolor en las rodillas, y escuchaba, como si viniesen de muy lejos, voces de mis alumnos que me decían: “¡Reina! ¡Reina! ¿Estás bien?”.


De repente me vi rodeada de alumnos que querían ayudarme a levantar. No sé que me pasó en aquel momento, no sé si era el dolor de rodillas y espalda, el susto, la vergüenza, las ganas de llorar que tenía, o todo junto a la vez, pero la cuestión es que no me podía levantar. Allí estaba, en el suelo, en medio de la clase, y no me podía levantar.

Después de unos segundos que a mí me parecieron una eternidad, un alumno repetidor me cogió por debajo de los brazos, y, de un movimiento rápido, me sentó en una silla. Me calmé, recogí mis cosas y salí de la clase dirección a mi departamento.

En el pasillo, parecía haber más gente que nunca, como si todos los alumnos del instituto se hubiesen congregado para ver que había pasado. Sólo deseaba llegar al departamento, encerrarme allí y llorar (de susto, de rabia, de vergüenza, de nervios, de todo y más). Pero por el camino sólo hacía que encontrarme con gente que, de buena voluntad me preguntaba al verme: “¿Qué te ha pasado?” La cuestión es que me pasaba como en aquel soneto de Garcilaso en que Apolo, llorando, hace crecer el tamaño del árbol de laurel. Cuanto más me preguntaban, peor me sentía, y cuanto peor me sentía, más ganas de llorar.

Llegué al departamento, Yolanda y Francisco me consolaron, me fui a tomar una manzanilla y ... el viernes tuve que quedarme en casa reposando, pues el dolor de espalda y de rodillas no me dejaban levantarme.

Total, que una tiene ya una edad para según que cosas. Necesitaba hacer esta redacción como catarsis.

5 comentarios:

Antonio dijo...

Lo peor es esa sensación de que te arden las orejas...
Tranquila, a San Pablo le fue muy bien lo de caerse del caballo: seguro que es el comienzo de una buena racha.

Javier dijo...

Antonio lo ha visto claro. A partir de ahora todo va a cambiar para ti.

En todo esto tú has hecho muy poco. Te caíste sola y para levantarte fue un alumno quien puso el esfuerzo. Lo mejor en estas situaciones es que ves la verdad de la relación con los alumnos. Uno nunca sabe cómo van a reaccionar. En tu caso, ha sido un éxito.
Ya puedes mirar hacia adelante sin ira. Felicidades.

Mª José Reina dijo...

Gracias por vuestros ánimos.
La verdad que la reacción de los alumnos fue modélica. Les pienso dar las gracias públicamente.

Yolanda dijo...

Me alegro de que ya estés bien, pero para asegurarme voy a llamarte ahora mismo por teléfono, pues lo que no has contado es que a la caída hay que añadirle la gripe que ya habías empezado a incubar.
Pues eso... ¡RINGGGGGGGGGG!

Anónimo dijo...

Cuesta creer, que los que tanto temes a como reaccianaran, sea de la forma mas inexperada y claro es dificl de ver, si en la clase se les impone un ferreo y estricto sentido de la enseñanza.

A veces nos sorprenden con estas cosas y luego pretendemos enseñarles, el que se les enseña, a saber que poner o a saber que son. Busca en tu interior y descubriras que tu te encontrastes en la misma situacion, de aprendizaje, lo que me estraña es que solo uno osara levantaros y subiros y poneros en la silla o en el mejor lugar posible, me sorprende que solo sea uno.

De todas formas mas vale eso que nada, eso te demuestra que son personas y que lo seran siempre, sean buenos estudantes o no, merecen la pena enseñarles de alguna manera mas especial.

Bueno no me voy a poner a escribir mas que me puede dar las doce de la noche y no es bueno leer tanto.

Me alegro por que estes mejor y que solo sea un simple susto, modo de agradecerselo los hay uno es lo que dices, otros piensalos que seguro que los encuentras y no para estas fechas, creo que seria mas orgullo para ti una mano tendida el dia que se despidan del cole, para cambiar de lugar de estudios y solo digan un gracias por todo. Piensa en eso, se consigue con echos como el de tu alumnos. ¿Sera o no Sera?

Se despide el de las faltas.
Cuidate mucho y cuida la gripe es lo mejor asi seguro que se va pronto, por que solo espera que luches contra ella. Bromas a parte me alegra saber que esta usted bien del todo.

Disculpas por las faltas, no fui a cole de pago :)

 

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Sobre mí

María J. Reina. Docente de lengua y literatura castellana. Máster en Pedagogía Sistémica. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de aprender. Debe ser una enfermedad incurable. En el camino, cada vez encuentro mejores personas. Como tú, que estás leyendo esto ahora mismo. Gracias.