sábado, enero 03, 2015

Y la golondrina echó a volar ...

Recreación libre y personal del cuento El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde.

Había llegado el mes de septiembre, y con él las primeras mañanas frías, esas que nos recuerdan a las golondrinas que ha llegado el tiempo de emigrar a tierras más cálidas, a África, por ejemplo. Decidí que en un par de días marcharía con una bandada de golondrinas amigas hacia el sur, pues en esta parte de Inglaterra pronto empezaría a helar por las noches, y no había sitios donde resguardarse de la escarcha.
Éste había sido un bonito verano, lo recordaría toda mi vida. Había estado participando en una buena causa. Resulta que en medio de la plaza del pueblo había una estatua de oro, con adornos de piedras preciosas. Esa estatua representaba a un príncipe, El Príncipe Feliz lo habían llamado, porque cuando estaba vivo no había conocido lo que era la muerte, la enfermedad, la pobreza. Pero una vez estuvo en lo alto del pedestal, con sus ojos de rubí había podido ver todos los males de la ciudad. Y , apiadándose de la gente que sufría, me había pedido a mí, que anidaba cada día a sus pies, que llevase parte de sus riquezas a gente que las necesitaba.
 Había llevado la esmeralda de su espada a un pobre músico que no tenía velas para alumnbrarse y acabar sus partituras; los rubíes de sus ojos, uno a una modista cuyo pequeño estaba enfermo y le pedía naranjas para calmar su sed, otro a una niña vendedora de cerillas con su mercancia mojada por la lluvia, y que tenía a su abuelita enferma.
Yo había sido la mensajera de esas dádivas, y me sentía muy orgullosa de haberle sido de gran ayuda al Príncipe Feliz.

Así que me acerqué a su pedestal y le dije: - Buenos días, Príncipe Feliz. Vengo a despedirme, en un par de días lo más tardar parto hacia África. En Inglaterra está llegando el otoño, y en poco tiempo empezará a helar por las noches. Las golondrinas emigramos en otoño, pero volvemos en la primavera. Hasta el año que viene, Príncipe.
- ¿Qué? ¿Que te vas?- me preguntó - No puedes irte ahora. Hemos empezado a repartir mis riquezas entre la gente pobre de la ciudad. Ahora que no tengo ojos, pues me los arrancaste para regalarlos, te necesito para que localices a la gente necesitada y les lleves parte del oro que me recubre. Así podrán pasar el invierno.
-Perdóname, Príncipe Feliz - le respondí - pero ahora tengo que marchar. Las golondrinas no podemos vivir en el clima frío de Inglaterra, nos morimos congeladas. Tenemos que emigrar. Pero el año que viene en abril volveré.
- Para el año que viene mucha gente habrá muerto de frío- replicó .- Muchos niños están enfermos, necesitan este oro para poder comprar medicamentos y leña para calentarse. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?¿Cómo puedes pensar en marchar?
-¿Egoísta, yo? ¿Yo, egoísta? Yo que he estado todo el verano a tu servicio, obedeciendo tus órdenes, de aquí para allá haciendo tus recados, en lugar de volar libremente como han hecho mis hermanas. Te he ayudado en lo que he podido, he obedecido tus mandatos, porque eran por una causa justa. Pero esto que me pides es excesivo.
-¡Te lo ordeno! - gritó el Príncipe desde lo alto de su pedestal- ¡Soy un príncipe, tienes que obedecerme!
- Mira, Príncipe Feliz. Yo te quiero, te aprecio mucho, porque sé que tus intenciones son buenas. Sé que estas impedido, que no te puedes mover de tu pedestal. No te quiero echar en cara que, cuando estuviste vivo, no hiciste nada para ayudar a esa pobre gente, ya sé que no eras consciente. Pero ahora tengo que marchar. Tengo que seguir mi destino. Tengo que volar hacia África. Allí me aparearé con una apuesta golondrina macho, y tendremos bonitas golondrinitas. El año que viene volveremos mi familia, mis amigas y yo, y si para entonces quieres aún mi ayuda, no dudaré en ofercértela. De nada te serviré si muero de frío. Adiós, príncipe, adiós-.
Y, sin mirar hacia atrás, batí mis alas, y eché a volar.

Crédito de la imagen: http://www.gabitos.com/amigosde60/template.php?nm=1258429055

1 comentario:

sara - hechizos de amor dijo...

el libro se ver realmente interesante, me tomare el tiempo de comprarlo y leerlo, gracias. saludos

 

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Sobre mí

María J. Reina. Docente de lengua y literatura castellana. Máster en Pedagogía Sistémica. No sé qué me pasa, pero no puedo dejar de aprender. Debe ser una enfermedad incurable. En el camino, cada vez encuentro mejores personas. Como tú, que estás leyendo esto ahora mismo. Gracias.