Aprender de mis alumnos

Hoy una alumna me ha hablado de un servicio para escribir y compartir historias por internet, Wattpat. Es increíble, mira que llevo años dando clase, pues siempre me sorprenden mis alumnos, cada día me explican algo que no sabía, cada día aprendo algo nuevo.

La primera vez que pisé un instituto me pasó una cosa de la que no fui consciente hasta muchos años más tarde, pero que marcó mi carrera como profesora. Era mi segunda o tercera sustitución, la primera larga, en un centro de ahí arriba, donde sopla fuerte la tramuntana. Llegué con mi americana y mi maletín (accesorios imprescindibles para el personaje de lo que yo creía entonces que debía ser una profesora).
Entré en lo que me habían dicho que era la sala de profesores, vestida con mi mejor sonrisa para agradar a todo el mundo, dispuesta a saludar a diestra y siniestra como si estuviera en un cóctel. Cuál fue mi sorpresa, nadie me miraba, nadie me veía. ¿Por qué? ¿Eran todos unos maleducados? ¿Era invisible para ellos? Pues no, no me veían porque estaban todos mirando a una pantalla de ordenador (la única en toda la sala) delante de la cual había un alumno de 3º o 4º de ESO que estaba explicando a sus profesores cómo se utilizaba el correo electrónico, y cómo se buscaba información en Internet.

Estoy hablando del año 1996, la prehistoria, vamos. El correo era de Mixmail, el navegador
Netscape, y el buscador Altavista, servicios todos desaparecidos del mapa hoy en día. Yo aluciné, y me abrí una cuenta de correo en el primer momento que encontré el ordenador libre y me puse a navegar. Desde entonces quedé enganchada a la tecnología, qué le vamos a hacer.

O sea, que uno de los primeros contactos que tuve con alumnos fue para que me enseñaran ellos algo a mí, y no al revés. Desde entonces, hasta hoy, no he parado de aprender de mis alumnos.

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