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Y la golondrina echó a volar ...

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Recreación libre y personal del cuento El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde. Había llegado el mes de septiembre, y con él las primeras mañanas frías, esas que nos recuerdan a las golondrinas que ha llegado el tiempo de emigrar a tierras más cálidas, a África, por ejemplo. Decidí que en un par de días marcharía con una bandada de golondrinas amigas hacia el sur, pues en esta parte de Inglaterra pronto empezaría a helar por las noches, y no había sitios donde resguardarse de la escarcha. Éste había sido un bonito verano, lo recordaría toda mi vida. Había estado participando en una buena causa. Resulta que en medio de la plaza del pueblo había una estatua de oro, con adornos de piedras preciosas. Esa estatua representaba a un príncipe, El Príncipe Feliz lo habían llamado, porque cuando estaba vivo no había conocido lo que era la muerte, la enfermedad, la pobreza. Pero una vez estuvo en lo alto del pedestal, con sus ojos de rubí había podido ver todos los males de la ciudad. Y , apia